Cosas del Callao una reseña histórica sobre el Señor del Mar por el Coronel Néstor Gambetta

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Cosas del Callao

Queremos dar a conocer las crónicas del Callao, magníficamente vislumbradas por el Señor Coronel Néstor Gambetta, Senador de la República e ilustre Chalaco, amante de esta tierra y que para no perder su esencia, transcribiremos una parte de sus relatos. Como el mismo publica en su Introito:

"Estas crónicas no se escribieron para ser impresas ni coleccionadas. Vieron la luz la primera vez, por acuñar un recuerdo; las demás, por las renovadas instancias de amigos y de paisanos. Fueron escritas en horas de solaz y de descanso, bajo la impresión de poder interpretar, lo más fielmente posible, el ambiente en que hemos crecido y sin la menor idea de ganar con ellas fama ni dinero. Hemos expuesto, en parte, la esencia de las costumbres porteñas que van desapareciendo y que todavía recordamos, porque están gravadas y muy frescas en nuestra memoria. No debían esfumarse en las sombras del olvido, ni el silencio borrar sus huellas en lo absoluto...".

Su libro Cosas del Callao, fue editada por el Alcalde del Callao, Teniente Coronel Don José C. Valega, porque con visión de futuro, como dice él: "Podrían ser mejoradas por otro escritor que ame a este suelo bendito". A continuación detallamos una parte de sus Cosas del Callao...

El Señor del Mar

Al entrar a la iglesia de Santa Rosa en la calle Colón, se destacan a la izquierda durante todo el año, las andas veneradas que portan la imagen del Señor del Mar. Sentado en rústica silla, transparente y terso el rostro que la corona de espinas ha ensangrentado, perdida en el vacío su vista que mira sin ver, incrustadas las "potencias" en su cabello azabache y ondulado caído sobre los hombros; pálidas sus manos, la derecha apoyada en la pierna y levantada la izquierda que sostiene la extremidad de una pequeña caña; da la impresión de reflejar en su actitud, la angustia y el espanto de los días sombríos y trágicos anteriores a su aparición.

Vestido humildemente bajo el palio que lo cubre, interpone su busto al paisaje de la tela del mar embravecido. Como en su época, se le divisa con notoriedad cerca del comulgatorio, rodeado de azucenas y de nardos, de crucifijos y cintas moradas; estandartes, velas encendidas y bujías eléctricas, que sostiene ángeles minúsculos.

Podrán sucederse con el devenir del tiempo ¿quién lo sabe? procesiones con nutrido acompañamiento y boato extraordinario; las iglesias verán sus naves repletas de un gentío ávido de escuchar la palabra sacerdotal, apretujado desde el umbral del templo, ante la proximidad de acontecimientos que el mundo católico conmemora; pero, nunca en el Callao, suceda lo que suceda, venga lo que venga, otra procesión que no sea la del Señor del Mar, tendrá más arraigo en el espíritu colectivo, ni se meterá más adentro de las fibras del alma popular.

Nosotros, los que hemos nacido en el puerto y que no pertenecemos a las generaciones que por este tiempo veían el comercio con sus puertas entornadas en señal de duelo; nosotros, repetimos, no podemos contemplar la imagen de nuestro Patrón, sin que acuda veloz al pensamiento el relato que escuchamos tantas veces desde el púlpito, sobre la noche pavorosa del 28 de octubre de 1746. Triste suerte la de un pueblo que con un enérgico sacudimiento de la tierra que la llaman firme, se desmorona como un voluble castillo de barajas.

Que ve deshecho el esfuerzo de largos años, ante las contracciones de la naturaleza iracunda que nadie la aplaca y que nada detiene. Sobre el mismo sitio en que hoy vivimos, acaeció la catástrofe, y la tierra que aplastamos con nuestros pies, es la misma que abrió sus abismos en anhelo desesperado para sumergir a los porteños en un abrazo mortal, y guardarlos por siempre en su entraña que quiso convertir en inviolable tumba. Sobre el Callao se desataron las furias y todo fue quebranto, destrucción y dolor, germinando la idea de llevar la población a Bellavista "término de la altura que no superó la inundación del mar", como dice el Capitán de la guardia del Virrey, Victorio Montero.

Pero como el olvido viene presto, el pánico que en un principio infundía habitar en el puerto, se atenuó poco a poco, y las chocitas diseminados por diversos lugares de la ribera se construyeron como en Navidad; y así, impensadamente, se alzó ya sin murallas, el nuevo Callao. Surgieron iglesias, casas, conventos, palacios; se moldearon calles irregulares a capricho y sin medida, sin orden ni concierto; porque el terremoto había tendido el manto espeso y fatal del olvido.

Y al respecto, no debemos remontarnos mucho; con una ligera y repentina braveza del mar bravo, cuando se encrespa y bosteza con rabia, las olas se desbocan y lamen los cimientos de las manzanas de Loreto, Apurímac, Paz Soldán, Teatro, Washington, Marco Polo. Con este motivo los comentarios se encienden, se avivan las referencias de los estragos causados por el cataclismo de 1746, se habla de muros, de fozos; todo se proyecta, todo se prevee y pasan unos meses apenas, cuando ante la sorpresa general se ve el desfile constante de las carretas de dos ruedas, llenas de piedras pequeñas que forman la única y natural defensa de la playa en que cantaron las morenas antiguas:

"Que se quema el zango,
no se quemará;
que vendrán las olas
y se apagará...".

Han transcurrido 184 años desde el 28 de Octubre de 1746 y aunque se note un decaimiento marcado y sensible en las públicas manifestaciones de recogimiento y dolor por la fecha inolvidable, subsiste, empero, el recuerdo que se manifiesta en forma elocuente cuando el Señor del Mar es llevado en hombros por las calles de la población. Los movimientos de tierra y salidas del mar en el Callao, en los años de 1586, 1609, 1655, 1687, 1712 y 1727, no hicieron vislumbrar en los hombres de ciencia, el terremoto de 1746.

Cuando el 7 de Octubre de ese año Félix Goicochea, al dirigirse a la Isla de San Lorenzo supone al Callao envuelto en llamas por las exhalaciones ígneas que descubre desde la cubierta de su barco; cuando el Alcaide de la Isla, Manuel Romero, abre las puertas de las celdas a los presos "muy asustado, para que viesen confusos deshacerse en pavesas el Callao", la importancia que se dio a estas versiones no fue mayor, como tampoco se le diera a los "fenómenos que algunos días antes del gran terremoto se oían bajo la tierra, como rugidos de buey unas veces y otras como disparos de artillería...".

Llegó el 28 de Octubre, la fecha memorable. Las iglesias celebraban con alborozo y pompa la festividad de los santos apóstoles Simón y Judas Tadeo, cuando a las 10 y 30 de la noche sobreviene la catástrofe. Serenidad en la atmósfera, tranquilidad en el mar, quietud en la tierra: he aquí el cuadro sencillo que se destruye de pronto. Todo se vino abajo.

El techo familiar y cobijante después de las faenas de labor, se convirtió en vulgar asesino; grandes y pequeños edificios; el polvo, el terror, el agua, el fuego, todo, adquirió el tinte rojo de la desesperación y de la muerte. Apenas tres minutos para destruir la obra paciente de doscientos y tantos años. Fue la noche más horrorosa que registró la historia del Callao. Noche interminable, noche sin fin, que alumbró la misma luna que vemos ahora con su cara redonda de Pierrot enharinado y las mismas estrellas con su brillo de fiesta.

No se quedó en el Callao ni un solo edificio ni una sola calle que no estuviese llena con los escombros de las ruinas. Muchas de las paredes resistieron al ímpetu de los primeros movimientos de la tierra, más no pudieron contrarrestar la fuerza abrumadora del Océano que se interno con furia terrible. Sus olas, hechas montañas, arrasaron con todo lo que el terremoto había dejado arruinar. Luego, retrocediendo como para tomar más fuerza, el mar volvió a arrojarse adentro y en mayor elevación, conforme aumentaba las vibraciones de la tierra, para demolerlo todo a su empuje irresistible, murallas y torres, levantadas por la riqueza de su orgullo, como queriendo demostrar... "que en un tiempo hubo una hermosa ciudad...".

Amaneció. La perspectiva más triste se presentaba en la playa a cuyas orillas botaba el mar constantemente los cadáveres entre sus olas, que venían unas tras otras... ¿Y los buques...?.

De los 23 que de todo calado existían en la bahía, 19 se hundieron inmediatamente en su sitio; el "San Antonio" fue arrojado cerca del "San Fermín", varado al lado del mercado, conocido por "La Cruz Blanca"; el "Muchillo" de Don Adrián Corzi, por donde está la Aduana; el "Socorro" de Don Juan Baquíjano, por encima de las casas y el "Asombro", por San Agustín. Amaneció... Padres anhelantes buscando a los suyos, madres enloquecidas, chiquillos extraviados, sin rumbo y sin hogar.

De los 8,400 habitantes del Callao, apenas 200 quedaron con vida, para referir trémulos lo sucedido y para contar horrorizados los 220 temblores que se dejaron sentir en el lapso de diez días.

¿Qué cerebro podría imaginarse la condición de los hombres, mujeres y niños, que sobrevivieron, ambulando por calles y plazas en un estado miserable de mutilación, unos sin esperanza de encontrar a alguien que los socorriese, otros esperando la muerte como el postrer alivio de sus males?...

Llegó el año de 1756, cuando los esposos Casavilca hallaron cerca de Bellavista, la imagen del Señor del Mar; y los trabajadores del Puerto lo designaron como su Patrón y Protector.

Con la desaparición del Gremio de Playeros, que desde tiempo inmemorial patrocinaba y sostenía el Culto al Señor del Mar, se fundó la Sociedad en 1875, por un grupo de respetables y honrados comprovincianos, que contaron en todo instante con la cooperación decidida de todo el pueblo del Callao en sus diversas clases sociales, distinguiéndose entre los entusiastas los señores: José María Larraon, Mariano C. Sevilla, Manuel Santalise, Gregorio Grados, R. Freundt, S. Chappel y Gregorio N. del Real.

Actualmente, ya se está dando cumplimiento al programa que cada año se labora; ya los sermones del "pecado", "infierno", "juicio", "hijo pródigo", conmueven los corazones sensibles de los oyentes; van y vienen con una actividad digna de los más caluroso aplausos, los devotos leales: Señores Carlos M. Laines, Gerónimo Zúñiga, Bernandino Baldovino, Enrique Cornejo, Fernando Sarmiento, M. M. Rossi Corsi, Leopoldo Guerra, Víctor V. Valcárcel, Vicente A. Vaca, Fernando Dávila, Pedro Reaño, Jorge Miranda, Ulbio García Núñez, Eulogio Lozada, Isaac Olaechea, Manuel Neira V., Julio Chinga S., Abel Lastres García, Manuel Daneri, Clemente Pedemonte, José D. Muchotrigo, Gregorio Novoa, Francisco A. Hidalgo, Amador Plazas, Manuel Mora, Francisco Calvo, Julio Effio, Marcial Yataco, Guillermo Wuistanley, Luis García W., Julio Sálazar, Alberto Torres, Carlos Gallo, Señora Jesús H. de Olaechea, Señorita Luisa V. García y el Párroco Antenor O. Camacho. Otra vez los fieles dejarán oír el:

Alabado Sea el Santísimo
Sacramento del Altar,
y por siglos infinitos
ensalzada sea su deidad...

Por las calles de Colón, Washington, Lima, Plaza de la Independencia, Muelle, Constitución, América, Cuzco, Cochrane; o el grupo selecto de buenas voces entonará el:

Corazón Santo
tú reinarás,
tu nuestro encanto
siempre serás,

al que responde el conjunto con:

Ave María
Madre de Dios
Ruega, Señora
Ruega por nos...

Los cantos sagrados se elevarán al espacio, pero sobre todos, la plegaria del Señor del Mar se entonará de nuevo:

Vuestras iras aplacad
vuestra justicia y rigor
Jesús, Jesús, ten piedad,
misericordia Señor...

A tus pies arrepentido
te confieso mi pecado
y contrito y humillado
te pido Señor perdón.
Perdóname Dios amado
por tu infinita bondad
Jesús, Jesús, ten piedad,
misericordia, Señor...

Esclavo fui de mis culpas,
pero estoy arrepentido,
mi corazón, dolido,
lágrimas llora de amor:
a tus pies, Señor, rendido,
repetiré sin cesar:
Jesús, Jesús, ten piedad,
misericordia, Señor...

La sociedad actual del Señor del Mar, cumple con fidelidad su misión de propender al mayor realce de la procesión que el 28 de Octubre de celebrará, y a la que el Callao entero ha de concurrir, como ayer, como hoy y como siempre...

 

 

El Libro Cosas del Callao, fue gentilmente cedido por el Hermano José Centurión Padilla.
Los dibujos que exornan el libro, son del Artista Chalaco Don Enrique Ramírez Salaverry.

El contenido esta basado según el siguiente índice siguiente:

Ojeada Histórica sobre el Callao,
Las Chacaritas,
Bohemia Porteña,
Asuetos, riñas, castigos, vacas,
El Despertar Deportivo,
Las Compañías de Bomberos,
Del Ovalo a la Independencia,
El Muelle y Dársena,
28 de Julio,
Vida Bellavisteña,
La Pampa del Mar Bravo,
El Atlético Chalaco,
Barrio Querido,
El Señor del Mar,
El Muro del Aromito,
El Real Felipe,
Chín Pun Callao,
Tierra Bendita,
Los del último conchito,
Los Tipos Populares,
La Bahía,
Una Serenata en Chucuito,
Las Calles,
La Punta, y
Nuestra Señora del Carmen de La Legua.

Cosas del Callao
1836 -20 de Agosto- 1936

 

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